EL POR QUÉ DE EL BLOGÍGRAFO



El Blogígrafo es un blog destinado a mi producción literaria personal y a recomendaciones que por algún motivo tienen un interés especial, relacionadas con el mundo de la literatura, y a otras que crea que son de interés general. Si queréis colaborar a que este blog crezca con vuestras aportaciones, adelante. Un saludo.





viernes, 29 de agosto de 2014

MI PUNTO DE VISTA

DENUNCIA SOCIAL.

Siéntanse aludidos todos aquellos asesinos del futuro; esa plaga de insaciables depredadores cuya máxima inquietud ha consistido en administrar su codicia. Una codicia de apellido corrupción.
Hipócritas gestores que han desvalijado un país bajo el amparo de dos ciudades autónomas, diecisiete gobiernos regionales y uno central. La bandera patria ya no es símbolo, y nuestra rebeldía contra los perversos administradores se asfixia junto a nuestras libertades.
No ha servido de mucho fragmentar el país repartiéndolo entre tantos gobernantes. Cuando las cosas se han puesto feas, han obligado al pueblo a negociar directamente con la vida su propia supervivencia, ya que ellos, los que deberían ser nuestros intermediarios del bienestar, se han desenmascarado como rapiñas sin honestidad ni escrúpulos, desentendidos de cualquier responsabilidad. Asesinos sociales disfrazados con trajes de hombres respetables, que nos han propinado una buena patada en el trasero, tras apropiarse del botín. Da igual el bando en el que militen, siempre acaban convirtiéndose en esbirros del capital.
Cuando todo parecía funcionar como siempre, decidieron cambiar las reglas del juego convirtiendo el país en su propio circo, limitándonos el acceso al paraíso capitalista del que antes nos dejaban disfrutar, ajenos a la futura emboscada que nos iban a tender. Un paraíso del que fuimos expulsados hacia ese abismo que apodaron crisis. Un purgatorio en el que los que quedan atrapados se sienten como desconocidos en su propia vida, obligados a emprender una nueva existencia destinada a volverse a encontrar; una labor para la que nadie nos ha aleccionado, porque no se enseña en las aulas la asignatura de la vida, circunstancia que da como resultado una sociedad de ciudadanos cobardes y fácilmente manejables, condicionados a contentarse con revolcarse en la inmunda charca del inútil lamento. Una vez puestos sobre ella, muchos no estamos capacitados para abandonar la senda que conduce al campo de concentración de la crisis. Primero nos hicieron sentir como dioses para luego enviarnos de cabeza a los infiernos. Supieron crear un espejismo en el que todo parecía al alcance de nuestros bolsillos de sumisos vasallos. Inventaron un país cuya patente hoy en día no vale un céntimo. ¿Esta es su gran obra maestra? ¿Su ideal de país moderno y cosmopolita? ¿Un país en donde el empleo se ha convertido en un ángel negro con quien negociar la venta de nuestras almas?
Se acabó la fiesta y ahora toca pagarla. Nuestro bienestar ha alcanzado su fecha de caducidad y cuesta mucho que nuestros desconchados cerebros lo asimilen.
No te ofrecen nada y aspiras a poco. Como mucho un televisor de más pulgadas, un buen móvil, un portátil, una tablet, un acceso barato a internet y tal vez, un coche nuevo. Accesorios indispensables para agilipollarnos todavía más, concedidos para satisfacer nuestros plebeyos objetivos básicos.
Nuestros grandes anhelos mermando en resumidas realidades, una vez nos han dado el empujón que nos ha apeado en plena marcha del tren del capitalismo, estrellándose nuestros huesos contra el duro suelo. Nuestro ilusionante sueño evaporándose como la niebla. Despertar del letargo sin estar preparados para la nueva realidad de tener que volver a aprender a caminar de nuevo sobre terreno hostil.
Todo el pasado de hipotecas que concedían el ladrillo fácil, todo ese festín de bienestar, no era más que un espectáculo donde la diversión constante no permitía el llanto. Nos dejaron vivir bien mientras ellos se llenaban los bolsillos, mientras llevaban a cabo su bien planificado saqueo, que ahora el pueblo debe pagar padeciendo injustos crímenes sociales. El paso del tiempo ha convertido las manos que escribieron la historia luchando por nuestras libertades en la España en blanco y negro, en retorcidos dedos que deben acudir al rescate de muchas familias al borde del abismo, y de cuyas pensiones depende el plato caliente que comen.
¿Para qué han servido tantos gobiernos en este fraccionado país?
Mi respuesta es: fracaso.
No queda dinero para atender necesidades sociales, pero sí para mantener incompetentes autonomías.
Hay quien se pregunta cuándo volverán los buenos tiempos. Quien puede saberlo. Solo es cierto que volverán un nuevo anochecer y un nuevo amanecer; el resto depende de los que gracias al dinero derrochado y expoliado se han instalado por encima de los dioses; esos que mandan pero no gobiernan, mientras destruyen la sociedad consumista que ellos mismos crearon; esos que exhiben en público una sonrisa tan falsa como la del ejecutivo que pretende convencer al inversor de abultada cartera de las excelencias del fabuloso negocio que le va a proponer.
No afectan sus decisiones a los que compran mansiones y sus fortunas les permiten estar por encima de cualquier política, ni a los que viven en chabolas, que hace tiempo que saben que recoger chatarra es más provechoso que la autocompasión. Sus decisiones afectan a los habitantes del mundo intermedio. Se han cebado con los que pagan hipotecas y van en metro a un trabajo que todavía conservan, con los que buscan el mejor operador telefónico, o se informan en concesionarios de los precios de los coches, con los que deben comprar los libros de texto de sus hijos, con los que pagan sus impuestos, o con los que vilmente han despojado de las ayudas por dependencia.
El miedo de los pertenecientes a la clase media a perder nuestro presunto status social ha creado vanidosos de nuestra propia insensatez. Han convertido a parte de la población en unos egoístas que vemos la pobreza como un cáncer que afecta a otros y del que nuestro supuesto blindaje nos hace inmunes. Retiramos la mirada de la sucia mano que nos pide una moneda en los pasillos del metro, mientras dirigimos nuestros pasos en dirección al centro comercial donde nos espera una superflua camisa nueva que acabará en nuestro saturado ropero. El apego al consumismo ha borrado palabras como solidaridad de muchos de los corazones de los que esquivan como pueden caer en las redes de la crisis.
Nuestros “sabios” también han ideado un sistema educativo que fabrica idiotas. No interesa que el pueblo aprenda a ver más allá de los utópicos mundos de la televisión y la publicidad, que no sepamos como alzarnos contra los expoliadores que manejan los hilos de este teatro de títeres; prestidigitadores de la palabra y las buenas formas, pero en definitiva, corruptos implicados en turbias tramas inmobiliarias y sobres rellenos de dinero negro. Pretenden imponernos una amnesia social que nos haga olvidar los mejores tiempos pasados en que vivíamos entre los algodones de la ignorancia.
Pocos parecen salvarse: alcaldes, presidentes, ex presidentes, futuribles presidentes, honorables que no lo eran tanto, y hasta miembros de la realeza con ansias de avaricia. Muchos son ya los que hemos visto rebasar la línea divisoria de la honradez y la dignidad con la de la inmoralidad, escurriendo el peso de la justicia con argucias jurídicas que no están al alcance de los pobres diablos que colgamos “selfies” en nuestros muros.
Mientras unos esperan un milagro a esta crisis manipulada y otros el regreso del mesías, en los abandonados locales se pudren los letreros que los ofertan en alquiler y en las oficinas de empleo se forman colas de personas que quieren existir, pero que parecen sobrar.
Tiempos de replanteadas aspiraciones en donde unos tienen menos, otros casi no tienen nada y otros tienen miedo a perder lo que todavía conservan, temiendo que ese tren del capitalismo al que nos dejaron subir como pasajeros de tercera no sea más que un recuerdo; las cenizas de un pasado que dé paso a un futuro en que tan solo exista el paraíso o la perdición. Un paraíso exclusivo para los pasajeros del tren con tan solo compartimentos de primera clase, y la perdición, donde se revolcarán hasta sucumbir quienes no sepan alcanzar la gloria capitalista. Algunos que antes pisaban con paso firme ahora visten ropas que han vestido otros y suplican arrodillados el pan de sus hijos. Se huele la pobreza por las esquinas de las ciudades.
Nos hemos comido el opulento menú servido durante años de ficticia bonanza, y ahora nos lamentamos de que a nuestros hijos les dejan sin postre esos bandidos desprovistos de armas de fuego, pero mucho más peligrosos con sus invisibles armas de poder, ya que sus delitos perjudican gravemente a mucha más gente.
Digamos adiós a los manjares. Demos la bienvenida al puchero del que todos comen.

Al Segar. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario