EL POR QUÉ DE EL BLOGÍGRAFO



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viernes, 25 de marzo de 2016

EL DOMADOR DE PALABRAS



EL DOMADOR DE PALABRAS.

Mientras el mundo rueda en busca de la noche
permanezco sentado frente al ordenador,
en mi año 52 de travesía rumbo al cementerio,
con la expectativa de que algún día
se me ocurra escribir algo realmente genial.
Mientras tanto, sigo intentándolo;
sigo dándole a las teclas a diario.
Escribo y escribo,
tal vez,
en busca de mi propio camino,
intentando en cada encrucijada
hallar la senda adecuada
que me aleje
aunque sea momentáneamente,
de un empleo que odio
pero que al mismo tiempo temo perder.
Y así consumo mis horas:
tecleando en busca de mi propio estilo
rebuscando en lo más profundo de mi alma,
para no parecer una burda imitación
de los grandes a los que tanto he leído.
Intento ordenar frases imposibles
con ese espíritu de domador de palabras
que adopto frente al Word,
con los auriculares puestos,
con los grandes del rock
sonando en YouTube,
y la esperanza esfumándose
al paso de las horas,
en estado de descomposición,
acercándose hacia la nocturna oscuridad
que flagela el moribundo ánimo
de un capullo que pretendía ser escritor.
Hago una pausa
y miro a través de la ventana
hacia una noche
de luna llena y rutilantes estrellas;
Angie de los Stones
sonando en mis oídos;
me empapo de su arte;
me embriago con su música;
me dejo llevar,
fluctuando entre sus compases
y me crezco en mi ensueño.
Le doy alas a la imaginación
hasta que en plena fantasía
me muestra libros con mi firma,
bellos ejemplares de suave tacto,
de los que aspiro el aroma
de las páginas recién impresas
con la tinta de esas palabras domadas por mí.
En medio del éxtasis
incluso sueño con traducciones
a varias lenguas
y hasta veo la portada de la revista TIME:
“Al Segar: The tamer words.”
Mi sueño termina
con el último acorde de Angie.
Borro esa sonrisa idiota de mi cara,
me quito los auriculares,
apago el ordenador
y es cuando pienso en dejarlo.
Ya está bien
de mantener esta absurda y ridícula quimera.
Veo claro que este no es mi espectáculo,
que la pluma no es mi látigo,
ni la literatura mi circo;
y todo el mundo sabe,
que hasta los mejores domadores
sufren algún día, el zarpazo de sus fieras.


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